La guerra contra la infancia

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Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que a los niños no se les prestaba demasiada atención.
Si los adultos hablaban debían guardar silencio, si tenían una rabieta eran ignorados hasta que se les pasara y si estaban aburridos se les daba vía libre para que se entretuvieran como consideraran más oportuno.
De hecho, el escritor inglés D.H. Lawrence creía que lo mejor para el bienestar de los niños era no hacerles demasiado caso.
Tenía tres reglas para educarlos:
“dejarlos en paz,
dejarlos en paz
y dejarlos en paz”.
Sin embargo, poco queda de aquel modelo de educación, hoy hemos caído de lleno en un estilo de crianza que implica convertir a los niños en el centro de atención, dándoles todo lo que desean cuando lo desean, siempre de inmediato.
¿Cómo encontrar un equilibrado punto medio?
Esta alarmante tendencia a la hiperpaternidad se puso de manifiesto primero en Estados Unidos, donde se estima que 1 de cada 10 estudiantes ha sido educado de esa forma.
Los padre de hoy se han convertido en personas más sofisticadasy exigentes. Les gusta tener muchas opciones y procuran que sus hijos tengan todo lo que desean.
Si es posible, mucho más.
Sin embargo, no nos damos cuenta de que al mimarlos excesivamente contribuimos a crear un ambiente en el que los niños pueden llegar a proliferar trastornos mentales.
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Fotografía: Chinh Le Duc
De hecho, se ha demostrado que un exceso de estrés durante la infancia aumenta las probabilidades de que los niños desarrollen problemas psicológicos.
Así, un niño sistemático puede ser empujado a desarrollar un comportamiento obsesivo y un pequeño soñador puede perder su capacidad para concentrarse.
En este sentido, Kim Payne, profesor y orientador estadounidense, llevó a cabo un experimento muy interesante en el cual simplificaron la vida de los niños diagnosticados con un Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad
Al cabo de tan solo cuatro meses, el 68% de estos pequeños habían pasado de ser disfuncionales a ser clínicamente funcionales.
Además, mostraron un aumento del 37% en sus aptitudes académicas y cognitivas, un efecto que no pudo igualar el medicamento más recetado para este trastorno, la Ritalina.
Estos resultados son, en parte, extremadamente reveladores y, por otra parte, también son ligeramente atemorizantes.
Eso genera la pregunta:
¿Realmente se les está proporcionando a los niños un entorno sano desde el punto de vista mental y emocional?
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Fotografía: Annie Spratt

¿En qué momemento mucho se convierte en demasiado?

A inicios de su carrera, este profesor trabajó como voluntario en los campos de refugiados, donde tuvo que lidiar con niños que sufrían estrés posttraumático.

Payne apreció que estos niños se mostraban nerviosos, hiperactivos y continuamente expectantes, como si algo malo fuera a pasar de un momento a otro. También eran extremadamente cautelosos ante la novedad, como si hubieran perdido esa curiosidad innata de los niños.

Años más tarde, Payne apreció que muchos de los niños que necesitaban su ayuda mostraban los mismos comportamientos que los pequeños que provenían de países en guerra.

Sin embargo, lo extraño es que estos niños vivían en Inglaterra, por lo que su entorno era completamente seguro.

Entonces, ¿por qué mostaran síntomas típicos del estrés postraumático?

Payne piensa que aunque los niños de nuestra sociedad están seguros desde el punto de vista físico, mentalmente están viviendo en un entorno similar al que se produce en las zonas de conflictos armados, como si su vida peligrara.

Estar expuestos a demasiados estímulos provoca un estrés que se va acumulando y obliga a los niños a desarrollar estrategias para sentirse a salvo.

De hecho, los niños de hoy están expuestos a un flujo constante de información que no son capaces de procesar.

Se ven obligados a crecer deprisa ya que los adultos colocan exageradas expectativas sobre ellos, logrando que asuman roles que en realidad no les corresponden.

De esta manera, el inmaduro cerebro de los niños es incapaz de seguir el ritmo que impone la nueva educación, y se produce un gran estrés, con las consecuencias negativas que este provoca.

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Fotografía: Annie Spratt

Los cuatro pilares del exceso

Como padres, normalmente se quiere darle lo mejor a los hijos. Se piensa que si un poco está bien, más será mejor.

Por eso, ponen en práctica un modelo de hiperpaternidad, que los convierte en padres helicóptero: aquellos que se preocupan excesivamente por sus hijos, hasta el punto que su relación llega a ser tóxica.

Este ‘nuevo modelo de crianza‘ implica que los progenitores asumen un rol hiperprotector, quieren resolver todos los problemas por sus hijos, y desean tomar todas las decisiones, incluso las más intrascendentes.

En práctica, es como si estos padres siempre estuvieran sobrevolando a sus hijos, listos para emprender una operación de rescate cuando noten el más mínimo signo de “peligro” y, a la vez, obligan a sus hijos a participar en una infinidad de actividades que, supuestamente, los preparan para la vida.

Por si no fuese suficiente, llenan sus habitaciones de libros, dispositivos y juguetes.

De hecho, se estima que los niños occidentales tienen, como media, 150 juguetes.

Es demasiado, y cuando es demasiado, los niños se sienten abrumados. Como resultado, juegan de manera superficial, pierden el interés fácilmente por los juguetes y por su entorno y no desarrollan su imaginación.

Por eso, Payne afirma que los cuatro pilares del exceso sobre los cuales se erige la educación actual de los niños son:

1. Demasiadas cosas

2. Demasiadas opciones

3. Demasiada información

4. Demasiada velocidad

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Fotografía: Michal Parzuchowski

Cuando los niños son abrumados de esta forma, no tienen tiempo para explorar, reflexionar y liberar las tensiones cotidianas.

Demasiadas opciones terminan erosionando su libertad y les roba la oportunidad de aburrirse, que es fundamental para estimular la creatividad y el aprendizaje por descubrimiento.

Poco a poco, la sociedad ha ido erosionando la maravilla que implica la infancia, hasta tal punto que algunos psicólogos se refieren a este fenómeno como “la guerra contra la infancia”.

Basta pensar que en las dos últimas décadas los niños han perdido una media de 12 horas semanales de tiempo libre. Incluso los colegios y las guarderías han asumido una orientación más académica.

Sin embargo, un estudio realizado en la Universidad de Texas ha desvelado que cuando los niños juegan deportes bien estructurados se convierten en adultos menos creativos, en comparación con los pequeños que han tenido mucho tiempo libre para jugar.

De hecho, los psicólogos han notado que la forma de jugar moderna genera ansiedad y depresión. No se trata solo del juego más o menos estructurado sino también de la falta de tiempo.

Alivianar la carga

La vía para proteger el equilibrio mental y emocional de los niños consiste en educar en la simplicidad.

Para lograrlo, asegura la psicóloga Leonor Gutiérrez-Fernández, es necesario decir “no” a las pautas que la sociedad pretende imponer, a pesar de que estamos viviendo en un mundo más competitivo.

“Es importante tomar una pausa y evaluar cuáles son las actividades que son más importantes, darse la oportunidad de celebrar los éxitos y, a la vez, evaluar cuáles actividades no están aportando.

Ayuda muchísimo valorar precisamente qué si y qué no está dando fruto. Es abrumador para todos, pero es necesario darle ese respiro a los niños y tener la flexibilidad como padres de cambiar ciertas posturas cuando el niño está sobresaturado”, asegura Gutiérrez-Fernández, quien posee Maestrías en Salud Pública (Sheffield University, Inglaterra) y en Administración de Empresas (INCAE, Costa Rica).

“El balance es dificil. Es importante reconocer que no es sencillo ni para los padres ni para los niños. Claramente no es el caso que los papás que están tan preocupados estén actuando de mala fe, pero se trata -sobre todo- de dejar que los niños sean simplemente niños.

Es esencial no atiborrarlos de actividades extracurriculares que, a la larga, probablemente no servirán de mucho. Y también hay que negociar. De pronto no es tan grave como muchos padres temen dejarles tiempo libre para que jueguen, aunque sea con vieojuegos, pero que lo hagan en grupo y socialicen de esa forma, porque es como se relacionan ahora.”

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Leonor Gutierrez-Fernández, psicóloga clínica y Directora de Desarrollo de UWC Costa Rica, una oranización sin fines de lucro que busca formar a jóvenes alrededor de tres pilares: Transformación de conflictos, Sostenibilidad y Diversidad,

“Muchos padres se preocupan por este concepto de no estar estimulando a sus hijos. Es fundamental estimular no solo lo académico, sino tamnién la creatividad, con juegos no necesariamente estructurados.

Es importante dejar de ser adultocéntricos y creer que si no leen, se están perdiendo del placer de la lectura. Hay que ver que la tecnología sí abre la posibilidad de comunicarse y ver las cosas, de leer, de interactuar. Hay que reconocer que los tiempos han cambiado. Ser vigilantes, sí, pero también descubrir que se ha abierto un mundo de posibilidades.

Los padres, por más dificil que nos resulte, debemos acomodar nuestras expectativas sobre su desempeño. En casos concretos de lo académico a veces hay que permitir que se equivoquen, que lleguen a uno a buscar ayuda. No se nos puede olvidar que los niños tienen toda la vida por delante para ser adultos, pero muy poco para disfrutar esa infancia.

Después viene la adolescencia y las preocupaciones cambian, o incrementan. Mientras tanto, tenemos que darles valores de respeto, de inclusión, y dejar que sean niños: que disfruten de su infancia es realmente importante.”

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